Top Ten Tuesday #1: Diez libros que me obligaron a leer

martes, 15 de octubre de 2013


Top Ten Tuesday es una idea del blog The Broke and the Bookish que consiste en elaborar cada semana una lista de diez libros con el tema propuesto.


Como fanática de las listas, me tenía que apuntar a esta idea de crear un top ten semanal de libros. El reto de hoy es rescatar diez títulos que haya tenido que leer obligada, ya sea para aprobar una asignatura, por recomendaciones especialmente insistentes... Odio las lecturas obligadas, pero algunas han merecido la pena.

1. Pídeme lo que quieras, de Megan Maxwell. El primero que se me vino a la mente al ver el tema propuesto. Lo leí en enero porque todo el mundo hablaba de él y en las librerías me acosaba siempre a la entrada. Me esperaba algo muy bueno... y me encontré con algo muy malo. Odio dejar libros por los suelos porque sé lo mucho que cuesta escribir y dar vida a una idea, pero por mucho que lo intento, no consigo rescatar nada bueno de Pídeme lo que quieras.

2. Los juegos del hambre, de Suzanne Collins. Lo leí obligada por la primera película y por mi obsesión por leer los libros antes de ver la adaptación a la gran pantalla. Los dos siguientes también los leí obligada... por lo mucho que me enganchó el primero.

3. Los cínicos no sirven para este oficio, de Ryszard Kapuscinski. Imposible terminar Periodismo sin haberlo leído. Obligada porque aparece en todas las listas de lecturas recomendadas de cualquier asignatura, después de leerlo descubrí porqué los profesores insistían tanto.

4. Crepúsculo, de Stephenie Meyer. Creo que cuando lo leí estaba en segundo de carrera. Ya estaba un poco crecidita para la obsesión adolescente, pero mis compañeras no paraban de hablar (y suspirar) de un tal Edward Cullen así que, con tanta insistencia, piqué. El resto es historia.

5. Harry Potter y el cáliz de fuego, de J. K. Rowling. Me "obligó" a leerlo mi padre, que una tarde apareció en casa con él cuando tenía once años. Harto de que me devorara los libros infantiles en media tarde, compró el libro más gordo que encontró en la librería. Este por lo menos me duró una semana, aunque hubiera sido un detalle que alguno de los dos se hubiera dado cuenta de que era el cuarto libro de una saga; habría sido bonito empezar a leerlos por el principio. El resto también es historia, la de una friki total de Harry Potter.

6. Las ilusiones perdidas, de Honoré Balzac. Otra de las lecturas obligatorias en la universidad, para la asignatura de Historia del Periodismo. Me costó navegar por sus páginas, a menudo plagadas de las descripciones exhaustivas que demanda el realismo, y aunque seguramente no lo hubiera elegido de forma voluntaria, me dejó un buen sabor de boca (y además me ayudó a aprobar la asignatura). 

7. Club de lucha, de Chuck Palahniuk. Con El club de la lucha rompí mi regla de oro y vi la película antes de leer el libro. En mi defensa diré que ni siquiera sabía que había libro. De hecho, tampoco sabía la existencia de la película hasta que topé con ella de forma fortuita. Y por de forma fortuita en realidad quiero decir que la vi después de descargarme todas las películas en las que aparecía Brad Pitt. Desde entonces es mi película favorita y me encanta que no pegue nada con lo que se supone son mis gustos. Años después me enteré de que en realidad se trataba de la adaptación de un libro, que leí obligada por lo mucho que me había gustado la película. Así es como descubrí a Palahniuk, un tipo que escribe de maravilla y al que estoy segura de que le falta algún tornillo.

8. El pianista, de Wladyslaw Szpilman. Lo elegí entre una lista de lecturas recomendadas en 2º de Bachillerato, para la asignatura de Historia. Antes había visto la película, también en clase, y como de costumbre, eso me arruinó la lectura.

9. La Celestina, de Fernando de Rojas. O el Lazarillo de Tormes, o El conde Lucanor, o esos capítulos sueltos de El Quijote que hay que leer sí o sí en secundaria. Pocas cosas hay en este mundo que odie más que tener que leer algo por imposición, pero las lecturas obligatorias del instituto son una tortura. ¿Cómo vas a engancharte a algo que se supone que es un disfrute, si estás obligado a hacerlo? Resultado: no aprendí nada y, lo peor de todo, tampoco me quedaron ganas de releer y disfrutar esos libros en condiciones.

10. La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Joël Dicker. Lo leí (y reseñé) prácticamente obligada por una campaña tremenda de marketing de la que ha sido imposible escapar este verano pero que, al menos, le hacía justicia al producto.

¿Y vosotros? ¿Recordáis libros que os hayan obligado a leer? ¿Lo odiáis o pensáis que es una oportunidad para descubrir nuevas lecturas?

Reseña: La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Joël Dicker

lunes, 14 de octubre de 2013

Joël Dicker. Alfaguara. 2012. 660 páginas

Una gran novela policiaca y romántica a tres tiempos acerca del asesinato de una joven de quince años en la pequeña ciudad de Aurora, en New Hampshire. En 2008, Marcus Goldman, un joven escritor, visita a su mentor —Harry Quebert, autor de una aclamada novela—, y descubre que éste tuvo una relación secreta con Nola Kellergan. Poco después, Harry es arrestado, acusado de asesinato, al encontrarse en cadáver de Nola enterrado en su jardín. Marcus empieza a investigar y a escribir un libro sobre ello. Mientras intenta demostrar la inocencia de Harry, una trama de secretos sale a la luz.

“El primer capítulo, Marcus, es esencial. Si a los lectores no les gusta, no leerán el resto del libro”. Es un consejo. El primero de una larga lista de lecciones sobre la difícil tarea de escribir, pero también sobre la vida, que el afamado escritor Harry Quebert quiere inculcar a su discípulo, Marcus Goldman, a lo largo de las más de 600 páginas de La verdad sobre el caso Harry Quebert. Y a juzgar por cómo arranca el libro —con la llamada de una mujer a la policía de Aurora, un pequeño pueblo norteamericano, alertando sobre la posible muerte de una joven a manos de un hombre— parece como si Joël Dicker, el autor, se hubiera marcado como objetivo seguir al pie de la letra los consejos que da su propio personaje. 

Como indica el resumen del libro, el argumento se desarrolla en tres tiempos: durante el verano de 1975, en el que Harry Quebert se refugia en Aurora para escribir una obra maestra y se enamora de la adolescente Nola Kellergan, mucho más joven que él y que poco después desaparecerá sin dejar rastro; en 1998, cuando Marcus Goldman, un brillante y joven aspirante a escritor, conoce a Harry Quebert en la universidad; y en 2008, cuando el cadáver de la pequeña Nola aparece enterrado en el jardín de la casa que Harry Quebert tiene en Aurora. 

Cada capítulo arranca con uno de los consejos de Harry Quebert sobre cómo escribir un libro. Y cada capítulo es, también, una sucesión de personajes, conversaciones, revelaciones y giros inesperados, todos con un marco común: el misterio sobre la muerte de Nola Kellergan y el pueblecito de Aurora, un lugar aparentemente apacible donde, sin embargo, al escarbar un poco sobre la superficie, uno descubre que cada vecino esconde su propio secreto que quiere ocultar a toda costa porque le convierte en sospechoso de la muerte de la pequeña Nola. 


Después de un año de parón creativo e incapaz de escribir nada tras el éxito de su primera novela, Marcus Goldman, el discípulo de Harry Quebert, se traslada desde Nueva York hasta Aurora para investigar el crimen y demostrar la inocencia de su maestro, con la ayuda de un policía gruñón con el que hace una pareja estupenda. Es allí donde, empujado por su editor, que le exige una nueva novela, decide que la verdad sobre el caso Harry Quebert merece ser escrita y publicada. 


La trama está elaborada de forma muy inteligente y logra mantener el misterio desde la primera hasta la última página. Cuando crees que las piezas comienzan a encajar, el autor se marca un giro inesperado y tienes que volver a comenzar con el puzle. Los diálogos son ágiles e inteligentes y los personajes están bien construidos, con la excepción de la madre del protagonista, con la que creo que el autor quería incorporar una nota cómica a la historia, pero que resulta ser una madre cargante y absurda sin ninguna pizca de gracia. A pesar de que el ritmo de la narración avanza de forma muy rápida, el autor también encuentra hueco para dar profundidad a su protagonista, gracias sobre todo a los flashbacks, que muestran a un Marcus Goldman universitario consciente de que es un tipo brillante, pero que prefiere competir contra mediocres porque así se asegura la victoria. 

A La verdad sobre el caso Harry Quebert se le han encontrado parecidos y semejanzas con Nabokov y su Lolita, con Larsson y su trilogía Millennium e incluso con Philip Roth y su Pastoral americana. Se ha traducido a más de treinta idiomas y estoy segura de que este verano ha sido el título más visto en playas y piscinas. Para mí, fue uno de esos libros que no sabes de dónde salen pero que, de repente, están por todas partes. Creo que la primera vez que lo vi fue en el trabajo, un compañero debía de estar leyéndolo y lo dejó sobre la mesa. Me llamó la atención por el cuadro de Edward Hopper que ilustra su portada y que, perdón por el mal juego de palabras, le va que ni pintado. Luego volví a verlo en la librería, esta vez anunciado a bombo y platillo a la entrada. No había duda de que se trataba del aspirante a best-seller del verano. Lo compré sin ni siquiera leer la contraportada y no fue en absoluto una mala decisión.

Lo mejor: lo bien construida que está la trama, lo inesperado del final (al menos para mí), lo que engancha desde la primera página y lo bien conseguida que está la atmósfera del libro, en ese típico pequeño pueblo americano donde todos los vecinos tienen algo que esconder. 
Lo peor: Lo corto que se me hizo, a pesar de ser un tocho considerable, el personaje de la madre del protagonista y que éste a veces pareciera un investigador más experimentado que la propia policía. 


Nuevos vecinos en la estantería #1

viernes, 11 de octubre de 2013

Soy defensora del papel y enemiga declarada del libro electrónico. Cada Navidad y cumpleaños tengo que recordar que no quiero que me regalen uno... porque sé que acabaría utilizándolo. Y me odiaría a mí misma por ello. No hay nada más bonito que leer un libro en papel y, al terminar, colocarlo en la estantería. Como el presupuesto de una becaria-precaria no da para mucho, me tengo que conformar con las ediciones de bolsillo. De momento, estos son mis nuevos vecinos en la estantería.


Por los pelos, de Marian Keyes. Soy fan incondicional de Marian y siempre digo que de mayor quiero escribir tan bien como ella. Hay veces que simplemente me apetece leer uno de sus libros. Voy poco a poco, porque aunque su catálogo es extenso, también es de ese tipo de libros que si lees varios, uno detrás de otro, pueden cansar. Marian es chick-lit, pero del que está tan bien escrito que es injusto encasillarlo (y menospreciarlo) con etiquetas.

Los guardianes de la libertad, de Noam Chomsky y Edward S. Herman. Es de esos libros que aparecen en todas las listas de lecturas recomendadas en cualquier asignatura de Periodismo. Me animé con él con excusa, porque tenía que leerlo para examinarme de una asignatura. Habla de la manipulación en la prensa y de cómo los medios son un instrumento en manos del establishment, así que es una de esas lecturas sesudas que hay que tomarse con calma.

El Imperio, de Ryszard Kapuściński. Si Chomsky es lectura obligatoria en Periodismo, Kapuściński y su Los cínicos no sirven para este oficio es casi una asignatura más en la carrera. De El Imperio apenas llevo cien páginas y ya me tiene encantada. Y muerta de envidia por lo bien que escribe y por esa facilidad que tiene para mezclar la reflexión, las lecciones de historia y la crónica de sus viajes por la Unión Soviética.

Las uvas de la ira, de John Steinbeck. No me puedo resistir a un buen clásico a menos de 10 euros. Me da miedo y respeto empezar con él, pero ya lleva más de un mes en la estantería, así que creo que va siendo hora de ser valiente y abrirlo de una vez. En cuanto termine con El Imperio.